/ domingo 7 de junio de 2020

Cánceres

Jorge Carpizo, aquel notable jurista, decía que a México lo corroían grandes cánceres: la corrupción, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el quebranto a derechos humanos. Había que agregar algunos otros que segregan, excluyen, oprimen, marginan y en muchas ocasiones acaban con la vida de las personas: el machismo, el clasismo, la homofobia y el racismo.

Sí, desafortunadamente, México es un país que conjunta todos estos males. No hay duda. Sucesos tan lamentables como el ocurrido en Estados Unidos donde un joven afroamericano, George Floyd, muriera bajo la opresión de la policía por una cuestión eminentemente racial, nos hace recordar que nuestra sociedad es altamente racista. El artículo primero de la Constitución de hecho prohíbe toda forma de discriminación motivada por origen étnico o nacional, género, edad, discapacidades, condición social u orientación sexual. Y, sin embargo, día a día personas con discapacidad, indígenas, mujeres, de la diversidad sexual, sufren los estragos de la discriminación. Incluso la gran mayoría de los mexicanos, por su color de piel o vestimenta, son excluidos de restaurantes, gimnasios, centros comerciales, playas; se privilegia, en algunos lugares de trabajo, la tez blanca por encima de la piel morena. La justicia tampoco se salva de ello, por lo que hay que reivindicarla. Debemos reconocer que la igualdad ante la ley no borra las desigualdades sociales.

Si históricamente sufrimos la opresión racial y de clase, ¿entonces por qué seguir replicándolo? Deberíamos acabar con ella. Visibilizar actitudes discriminatorias y combatirlas. Superar conductas socialmente negativas. Se tiene que fomentar la tolerancia y el respeto. Incluso más allá. Como bien decía el abogado y sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, no solo tolerar sino aceptar. Esa es la palabra clave. El Estado, por otro lado, debe combatir afrentas desigualdades en la población y estructurar formas de convivencia que maximicen el principio de no discriminación, así como la construcción de normas, instituciones y prácticas humanas de igualdad de trato. El respeto y goce de derechos sin exclusión, de manera universal. La educación será un poderoso instrumento de cambio para esta labor. Pero, reitero, el trabajo tiene que ser conjunto. No podemos seguir permitiendo que estos cánceres nos laceren como sociedad y dañen a muchas personas en situación de vulnerabilidad.

Recordemos, somos hijos del sol, piel de bronce. La gran mayoría de los mexicanos con orgullo lo somos. En la diversidad, en la pluralidad de ideas y tonos de piel, este país se engrandece.

Jorge Carpizo, aquel notable jurista, decía que a México lo corroían grandes cánceres: la corrupción, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el quebranto a derechos humanos. Había que agregar algunos otros que segregan, excluyen, oprimen, marginan y en muchas ocasiones acaban con la vida de las personas: el machismo, el clasismo, la homofobia y el racismo.

Sí, desafortunadamente, México es un país que conjunta todos estos males. No hay duda. Sucesos tan lamentables como el ocurrido en Estados Unidos donde un joven afroamericano, George Floyd, muriera bajo la opresión de la policía por una cuestión eminentemente racial, nos hace recordar que nuestra sociedad es altamente racista. El artículo primero de la Constitución de hecho prohíbe toda forma de discriminación motivada por origen étnico o nacional, género, edad, discapacidades, condición social u orientación sexual. Y, sin embargo, día a día personas con discapacidad, indígenas, mujeres, de la diversidad sexual, sufren los estragos de la discriminación. Incluso la gran mayoría de los mexicanos, por su color de piel o vestimenta, son excluidos de restaurantes, gimnasios, centros comerciales, playas; se privilegia, en algunos lugares de trabajo, la tez blanca por encima de la piel morena. La justicia tampoco se salva de ello, por lo que hay que reivindicarla. Debemos reconocer que la igualdad ante la ley no borra las desigualdades sociales.

Si históricamente sufrimos la opresión racial y de clase, ¿entonces por qué seguir replicándolo? Deberíamos acabar con ella. Visibilizar actitudes discriminatorias y combatirlas. Superar conductas socialmente negativas. Se tiene que fomentar la tolerancia y el respeto. Incluso más allá. Como bien decía el abogado y sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, no solo tolerar sino aceptar. Esa es la palabra clave. El Estado, por otro lado, debe combatir afrentas desigualdades en la población y estructurar formas de convivencia que maximicen el principio de no discriminación, así como la construcción de normas, instituciones y prácticas humanas de igualdad de trato. El respeto y goce de derechos sin exclusión, de manera universal. La educación será un poderoso instrumento de cambio para esta labor. Pero, reitero, el trabajo tiene que ser conjunto. No podemos seguir permitiendo que estos cánceres nos laceren como sociedad y dañen a muchas personas en situación de vulnerabilidad.

Recordemos, somos hijos del sol, piel de bronce. La gran mayoría de los mexicanos con orgullo lo somos. En la diversidad, en la pluralidad de ideas y tonos de piel, este país se engrandece.

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