/ lunes 30 de agosto de 2021

Consejos al Príncipe. La Autoridad.

Continuando con la serie de diatribas que emulan la magnífica e inigualable obra de Nicolás Maquiavelo, harta formativa en el campo de los entendimientos para el adecuado ejercicio del poder, y toda vez que, como dijimos en entregas anteriores, estamos prestos a recibir, con los brazos abiertos, a una nueva pléyade de gobernantes y gobernantas (sic) locales que habrán de tomar determinaciones trascendentes para nuestros destinos terrenales, toca ahora el turno de dar unas pertinentes sugerencias relacionadas con esa facultad o derecho de mandar y gobernar sobre los subordinados, es decir La Autoridad.

“Te comentaré, de inicio, que para ejercer esta prerrogativa que te concedió el sufragio popular por mayoría, habrás de incorporar a tus mandos subordinados a los sujetos que demuestren a cabalidad que entre sus cualidades personales tengan esa particular aptitud de mandar y gobernar a las generalidades de una manera eficaz y eficiente, sin que les tiemble la mano, y que, por lo mismo, cuenten entre sus atributos individuales el de tener los elementos testiculares bien puestos.

Es tu responsabilidad recordar siempre que son estas personalidades las que ejercerán el mando en tu nombre, por ello debes allegarte de los mejor y más encumbrados especímenes que tengan ese don sobre los populachos, pues esa barrabasada de otorgar atributos de bondad y sabiduría al pueblo, no es más que una sandez que desdibuja la cruda realidad a la que te habrás de enfrentar en el devenir cotidiano, pues tu imperium, al contrario de esta nefasta idea, lo vas a ejercer sobre imbecilidades andantes poseedoras de una muy mala entraña.

Se dice que el soberano Carlos I, quien reinara sobre estos andurriales hará cosa de unos cinco sexenios, sin contar el que corre, solía utilizar un procaz método para escoger a aquellos hombres que lo acompañarían en sus superiores encomiendas de dirigir a la manada, y darse cuenta del carácter intrínseco del candidato. Invitaba al susodicho y a su cónyuge a departir en privado unas buenas viandas y un buen vino tinto, la sangre de los Dioses como decía Bukowski, servidas las mesas por mucamas con las pieles más exquisitas, los cuerpos más suculentos y las ropas más escasas, buscando igualmente que los convidados se excedieran un poco en los placeres etílicos, con el objeto de aflojar los más profundos sentimientos encontrados entre ellos, y provocando celos en la dama con comentarios impertinentes relacionados con la distinción manifiesta y atributos explícitos y solícitos de las féminas que los atendían, etcétera.

De la dinámica de encontrones subliminales y de los tropezones instintivos, expresados con patadas por debajo de la mesa, y de la particular conducta que observara la acompañante, bien fuera de sumisión, de indiferencia o de plena confrontación al estado de cosas planteado, el mencionado Carlos I podía deducir el grado de control marital que el aspirante ejercía, y de esta manera, determinaba si el sujeto en cuestión le sería útil en sus designios supremos, pues siempre era parte de sus especiales especulaciones el considerar que si un varón no puede mandar sobre su doncella, menos lo podría hacer sobre la muchedumbre.

Es decir, te puedo asegurar, sin lugar a dudas, y como un principio perenne desde el inicio de todas las humanidades, que no existe prueba más irrefutable sobre la verdadera potestad de un escudero que la que deriva del amansamiento y posterior dominio pleno de la fiera que reside de manera permanente en los aposentos conyugales.”


Continuando con la serie de diatribas que emulan la magnífica e inigualable obra de Nicolás Maquiavelo, harta formativa en el campo de los entendimientos para el adecuado ejercicio del poder, y toda vez que, como dijimos en entregas anteriores, estamos prestos a recibir, con los brazos abiertos, a una nueva pléyade de gobernantes y gobernantas (sic) locales que habrán de tomar determinaciones trascendentes para nuestros destinos terrenales, toca ahora el turno de dar unas pertinentes sugerencias relacionadas con esa facultad o derecho de mandar y gobernar sobre los subordinados, es decir La Autoridad.

“Te comentaré, de inicio, que para ejercer esta prerrogativa que te concedió el sufragio popular por mayoría, habrás de incorporar a tus mandos subordinados a los sujetos que demuestren a cabalidad que entre sus cualidades personales tengan esa particular aptitud de mandar y gobernar a las generalidades de una manera eficaz y eficiente, sin que les tiemble la mano, y que, por lo mismo, cuenten entre sus atributos individuales el de tener los elementos testiculares bien puestos.

Es tu responsabilidad recordar siempre que son estas personalidades las que ejercerán el mando en tu nombre, por ello debes allegarte de los mejor y más encumbrados especímenes que tengan ese don sobre los populachos, pues esa barrabasada de otorgar atributos de bondad y sabiduría al pueblo, no es más que una sandez que desdibuja la cruda realidad a la que te habrás de enfrentar en el devenir cotidiano, pues tu imperium, al contrario de esta nefasta idea, lo vas a ejercer sobre imbecilidades andantes poseedoras de una muy mala entraña.

Se dice que el soberano Carlos I, quien reinara sobre estos andurriales hará cosa de unos cinco sexenios, sin contar el que corre, solía utilizar un procaz método para escoger a aquellos hombres que lo acompañarían en sus superiores encomiendas de dirigir a la manada, y darse cuenta del carácter intrínseco del candidato. Invitaba al susodicho y a su cónyuge a departir en privado unas buenas viandas y un buen vino tinto, la sangre de los Dioses como decía Bukowski, servidas las mesas por mucamas con las pieles más exquisitas, los cuerpos más suculentos y las ropas más escasas, buscando igualmente que los convidados se excedieran un poco en los placeres etílicos, con el objeto de aflojar los más profundos sentimientos encontrados entre ellos, y provocando celos en la dama con comentarios impertinentes relacionados con la distinción manifiesta y atributos explícitos y solícitos de las féminas que los atendían, etcétera.

De la dinámica de encontrones subliminales y de los tropezones instintivos, expresados con patadas por debajo de la mesa, y de la particular conducta que observara la acompañante, bien fuera de sumisión, de indiferencia o de plena confrontación al estado de cosas planteado, el mencionado Carlos I podía deducir el grado de control marital que el aspirante ejercía, y de esta manera, determinaba si el sujeto en cuestión le sería útil en sus designios supremos, pues siempre era parte de sus especiales especulaciones el considerar que si un varón no puede mandar sobre su doncella, menos lo podría hacer sobre la muchedumbre.

Es decir, te puedo asegurar, sin lugar a dudas, y como un principio perenne desde el inicio de todas las humanidades, que no existe prueba más irrefutable sobre la verdadera potestad de un escudero que la que deriva del amansamiento y posterior dominio pleno de la fiera que reside de manera permanente en los aposentos conyugales.”