/ lunes 15 de julio de 2019

De disonancias cognitivas

En días pasados me encontré con un nuevo concepto que no había escuchado o leído a lo largo de nuestras aventuras bibliográficas: disonancia cognitiva.

Según la teoría de la disonancia cognitiva, desarrollada por el psicólogo Leon Festinger, todas las personas tenemos una fuerte necesidad de mantener una coherencia interna entre nuestras creencias, actitudes y conductas, es decir, lo que comúnmente llamaríamos una congruencia entre lo que pensamos y lo que realmente hacemos. Estas ideas no se dirigen hacia explicar cómo una persona piensa una cosa y hace otra, propia de los embusteros o inmorales, sino a estudiar el fenómeno que nace en el interior del ser humano cuando existe una incongruencia entre las creencias reales y las conductas externas observadas, lo que provoca una especie de conflicto interno o tensión que conduce a una falta de armonía psicológica.

Esta teoría explica que cuando la disonancia cognitiva o ese conflicto o malestar interior es tan fuerte, el individuo tiende a cambiar incluso sus creencias y pensamientos para adecuarlos a lo que hace, a las conductas que externa ante la sociedad, ello con el objeto de reducir esa tensión que probablemente lo está desgarrando en su ser más íntimo. Para solucionar esta pugna, inclusive, recurrimos al autoengaño (aceptar la mentira como verdad) y al cambio de creencias y mentalidad anteriores.

Un ejemplo de lo anterior lo exponen los estudiosos de esta teoría cuando relatan el caso de un vendedor que está convencido de que determinado producto es un engaño para los consumidores o bien no tiene las características o especificaciones que los fabricantes dicen, siendo de ínfima calidad, sin embargo, ante la necesidad material de mantener a su familia ofertando y vendiendo el mencionado producto, puede que esa persona recurra al autoengaño o a cambiar de opinión para aliviar ese malestar interno que le provoca el fenómeno de la disonancia cognitiva.

Otro caso muy recurrente lo encuentro entre los pensamientos y conductas que día a día observa la clase política nacional, cuando vemos, por ejemplo, que un personaje con formación académica y pensamientos neoliberales, acepta trabajar o colaborar para un gobierno de izquierda o de extrema izquierda, entonces podemos observar como de un día para otro ese político comienza a transformar radicalmente su discurso y pensamiento para abrazar la nueva ideología y romperse las vestiduras en pro de su nueva doctrina bolivariana, o marxista, o leninista, o estalinista, o de algún espécimen similar. Todo para salvarse así mismo y probablemente a su descendencia de la inanición existencial al carecer de algún otro trabajo digno. No pretendo juzgar, sólo explicar.

Y toda esta perorata viene a colación debido a que traté de encontrar alguna explicación, más personal que política, a la renuncia a su puesto del Secretario de Hacienda de este país, donde, seguramente, el mencionado no pudo resolver, con estos mecanismos psicológicos aquí esbozados, la disonancia cognitiva provocada por lo que tenía que hacer en el contexto de su altísimo encargo nacional y lo que realmente pensaba de lo que estaba haciendo. Estoy seguro que el susodicho decidió no autoengañarse o cambiar de ideología, lo que seguramente será recordado en un futuro no muy lejano como uno de los mayores actos de congruencia que un ser humano puede observar.

Al tiempo.

En días pasados me encontré con un nuevo concepto que no había escuchado o leído a lo largo de nuestras aventuras bibliográficas: disonancia cognitiva.

Según la teoría de la disonancia cognitiva, desarrollada por el psicólogo Leon Festinger, todas las personas tenemos una fuerte necesidad de mantener una coherencia interna entre nuestras creencias, actitudes y conductas, es decir, lo que comúnmente llamaríamos una congruencia entre lo que pensamos y lo que realmente hacemos. Estas ideas no se dirigen hacia explicar cómo una persona piensa una cosa y hace otra, propia de los embusteros o inmorales, sino a estudiar el fenómeno que nace en el interior del ser humano cuando existe una incongruencia entre las creencias reales y las conductas externas observadas, lo que provoca una especie de conflicto interno o tensión que conduce a una falta de armonía psicológica.

Esta teoría explica que cuando la disonancia cognitiva o ese conflicto o malestar interior es tan fuerte, el individuo tiende a cambiar incluso sus creencias y pensamientos para adecuarlos a lo que hace, a las conductas que externa ante la sociedad, ello con el objeto de reducir esa tensión que probablemente lo está desgarrando en su ser más íntimo. Para solucionar esta pugna, inclusive, recurrimos al autoengaño (aceptar la mentira como verdad) y al cambio de creencias y mentalidad anteriores.

Un ejemplo de lo anterior lo exponen los estudiosos de esta teoría cuando relatan el caso de un vendedor que está convencido de que determinado producto es un engaño para los consumidores o bien no tiene las características o especificaciones que los fabricantes dicen, siendo de ínfima calidad, sin embargo, ante la necesidad material de mantener a su familia ofertando y vendiendo el mencionado producto, puede que esa persona recurra al autoengaño o a cambiar de opinión para aliviar ese malestar interno que le provoca el fenómeno de la disonancia cognitiva.

Otro caso muy recurrente lo encuentro entre los pensamientos y conductas que día a día observa la clase política nacional, cuando vemos, por ejemplo, que un personaje con formación académica y pensamientos neoliberales, acepta trabajar o colaborar para un gobierno de izquierda o de extrema izquierda, entonces podemos observar como de un día para otro ese político comienza a transformar radicalmente su discurso y pensamiento para abrazar la nueva ideología y romperse las vestiduras en pro de su nueva doctrina bolivariana, o marxista, o leninista, o estalinista, o de algún espécimen similar. Todo para salvarse así mismo y probablemente a su descendencia de la inanición existencial al carecer de algún otro trabajo digno. No pretendo juzgar, sólo explicar.

Y toda esta perorata viene a colación debido a que traté de encontrar alguna explicación, más personal que política, a la renuncia a su puesto del Secretario de Hacienda de este país, donde, seguramente, el mencionado no pudo resolver, con estos mecanismos psicológicos aquí esbozados, la disonancia cognitiva provocada por lo que tenía que hacer en el contexto de su altísimo encargo nacional y lo que realmente pensaba de lo que estaba haciendo. Estoy seguro que el susodicho decidió no autoengañarse o cambiar de ideología, lo que seguramente será recordado en un futuro no muy lejano como uno de los mayores actos de congruencia que un ser humano puede observar.

Al tiempo.

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