/ jueves 2 de mayo de 2019

De genes y migrantes

Revisando y repasando el contenido del libro “El Mono Desnudo”, de Desmond Morris, considero que he llegado a encontrar la explicación científica de el porqué, en todas las altitudes y latitudes, tenemos cierta aversión congénita hacia los grupos de migrantes. Y no me estoy refiriendo a los supuestos sentimientos de desprecio que queremos observar en nuestros vecinos del norte en relación con nuestros hermanos que van a buscar una mejor vida por allá, sino al mismísimo e igual sentimiento que incuban todos los mexicanos, casi sin excepción, respecto de los centroamericanos que vienen en caravanas de éxodos masivos y que ya con considerados por propios y extraños como un peligro a la seguridad nacional, aún así no lo quieran aceptar las llamadas conciencias revolucionarias de izquierda, aquéllas que son el origen fundamental de los levantamientos armados en contra de el status quo establecido, pero desde la comodidad de una plática de café universitario y que cuando se les pregunta si están de acuerdo en el apoyo que debe brindar México a estos caminantes, responden indefectiblemente con un si, al tiempo que realizan un ademán de desgarradura de vestiduras para demostrar, de manera precisa y clara, que tienen conciencia de guerrillero urbano, pero que, cuando les preguntan que si estarían dispuestos a albergar, en su casa, a un grupo de estos indocumentados, responden, sin excepción, con evasivas y pretextos para no realizar tal acto de humanidad, arguyendo los más ridículos argumentos que demuestran, en el fondo, su hipocresía funcional y su falta de compromiso revolucionario, dirían ellos mismos.

Pues bien, Desmond Morris plantea que el hombre moderno actual es el producto de millones de años de evolución genética, y que la última versión de este ser pensante quedó concluida hace unos sesenta o cien mil años, es decir, cuando todavía vivíamos en las cavernas o en pequeños asentamientos humanos, y cuyo número de integrantes oscilaba entre los veinte y los ciento veinte individuos. Esto es, desde el punto de vista del factor genético, que es alto determinante en la conducta humana, somos poseedores de instrucciones biológicas de cuando nos hospedábamos en las cuevas y cazábamos mamuts.

Al vivir en pequeñas comunidades de alrededor de unas cien personas, nuestra naturaleza social, psicológica, personal y, en general, conductual, tiene que ver con este momento histórico. La tribu era nuestro universo circundante, que nos proporcionaba comida, habitación, vestido, protección y, en general, era la base primaria de la supervivencia en un mundo completamente hostil, rodeados de animales feroces y de otras tribus ajenas que no tenían otra alternativa muchas veces que la de entrar en conflicto y guerra con el clan local para así obtener los medios materiales que les permitieran seguir sobreviviendo en esos ambientes prehistóricos. Todo lo externo, ajeno y extraño al clan, era peligroso y mortal, y esta actitud está enteramente grabada con piedras volcánicas en nuestras instrucciones hereditarias.

De ahí que no sea del todo ajeno a nuestra naturaleza el tener una repulsión automática e instantánea hacia las caravanas de migrantes que ahora ya vienen de todas partes del mundo a transgredir ese espacio material donde se asienta la ahora gran tribu que se denomina nación o país.

Este comportamiento de rechazo hacia el extraño no es nuestra culpa, es algo genético, y si queremos ser francos, debemos desterrar para siempre los discursos simplones e hipócritas de muchos intentos de gobernantes o políticos que les abren las puertas del país, pero les cierran con diez candados las de sus moradas particulares.

Revisando y repasando el contenido del libro “El Mono Desnudo”, de Desmond Morris, considero que he llegado a encontrar la explicación científica de el porqué, en todas las altitudes y latitudes, tenemos cierta aversión congénita hacia los grupos de migrantes. Y no me estoy refiriendo a los supuestos sentimientos de desprecio que queremos observar en nuestros vecinos del norte en relación con nuestros hermanos que van a buscar una mejor vida por allá, sino al mismísimo e igual sentimiento que incuban todos los mexicanos, casi sin excepción, respecto de los centroamericanos que vienen en caravanas de éxodos masivos y que ya con considerados por propios y extraños como un peligro a la seguridad nacional, aún así no lo quieran aceptar las llamadas conciencias revolucionarias de izquierda, aquéllas que son el origen fundamental de los levantamientos armados en contra de el status quo establecido, pero desde la comodidad de una plática de café universitario y que cuando se les pregunta si están de acuerdo en el apoyo que debe brindar México a estos caminantes, responden indefectiblemente con un si, al tiempo que realizan un ademán de desgarradura de vestiduras para demostrar, de manera precisa y clara, que tienen conciencia de guerrillero urbano, pero que, cuando les preguntan que si estarían dispuestos a albergar, en su casa, a un grupo de estos indocumentados, responden, sin excepción, con evasivas y pretextos para no realizar tal acto de humanidad, arguyendo los más ridículos argumentos que demuestran, en el fondo, su hipocresía funcional y su falta de compromiso revolucionario, dirían ellos mismos.

Pues bien, Desmond Morris plantea que el hombre moderno actual es el producto de millones de años de evolución genética, y que la última versión de este ser pensante quedó concluida hace unos sesenta o cien mil años, es decir, cuando todavía vivíamos en las cavernas o en pequeños asentamientos humanos, y cuyo número de integrantes oscilaba entre los veinte y los ciento veinte individuos. Esto es, desde el punto de vista del factor genético, que es alto determinante en la conducta humana, somos poseedores de instrucciones biológicas de cuando nos hospedábamos en las cuevas y cazábamos mamuts.

Al vivir en pequeñas comunidades de alrededor de unas cien personas, nuestra naturaleza social, psicológica, personal y, en general, conductual, tiene que ver con este momento histórico. La tribu era nuestro universo circundante, que nos proporcionaba comida, habitación, vestido, protección y, en general, era la base primaria de la supervivencia en un mundo completamente hostil, rodeados de animales feroces y de otras tribus ajenas que no tenían otra alternativa muchas veces que la de entrar en conflicto y guerra con el clan local para así obtener los medios materiales que les permitieran seguir sobreviviendo en esos ambientes prehistóricos. Todo lo externo, ajeno y extraño al clan, era peligroso y mortal, y esta actitud está enteramente grabada con piedras volcánicas en nuestras instrucciones hereditarias.

De ahí que no sea del todo ajeno a nuestra naturaleza el tener una repulsión automática e instantánea hacia las caravanas de migrantes que ahora ya vienen de todas partes del mundo a transgredir ese espacio material donde se asienta la ahora gran tribu que se denomina nación o país.

Este comportamiento de rechazo hacia el extraño no es nuestra culpa, es algo genético, y si queremos ser francos, debemos desterrar para siempre los discursos simplones e hipócritas de muchos intentos de gobernantes o políticos que les abren las puertas del país, pero les cierran con diez candados las de sus moradas particulares.

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