/ miércoles 16 de mayo de 2018

Discursos de odio y miedo

El pasado es un prólogo…Mark Twain


La conquista española bañó de sangre el territorio que hoy reconocemos como México. En el proceso de integración de una identidad nacional, cuando los españoles criollos, es decir, los nacidos en la Nueva España hijos de españoles europeos, se hicieron políticamente más cercanos a los naturales del Virreinato, se acuñó el término “gachupín”, que es ciertamente despectivo.

En los discursos de Hidalgo y de Morelos, hoy reconocidos héroes nacionales, el epíteto era una referencia directa a los invasores, esclavistas y explotadores. Es muy probable que las buenas conciencias de entonces, beneficiarias del coloniaje, reprobaran este y otros calificativos, etiquetándolos como propios de un lenguaje de odio. Quienes celebramos la independencia, lo vemos como expresión de un amor profundo por la tierra en la que nacimos. Bien decía Calderón de la Barca: el color de la lente es importante.

La palabra “roto” hacía referencia a los hacendados porfirianos y sus cortes, así como “pelones” describía a los militares al servicio del régimen dictatorial de entonces. El “discurso del odio” se reprodujo en el conflicto del 1910, aunque otra lectura lo colocaría en el terreno del afecto por la tierra y respeto por quien la trabaja.

Tanto los insurgentes como los revolucionarios fueron también golpeados con el diccionario: patas rajadas, indios, turba irreflexiva, animales, asesinos y ladrones. Y esos fantasmas nos visitan nuevamente.

¡Qué bueno que triunfó el ejército trigarante! Igual hay que celebrar que nos deshicimos de Díaz! No cabe duda. No obstante, es bueno reconocer los excesos, y la metamorfosis que transformó a los libertadores en verdugos.

Empresas como Bimbo, Televisa, Telcel, Femsa, WallMart, Soriana, Peñoles y Grupo Modelo, no se caracterizan por la solidaridad con sus trabajadores: empleados temporales, casi sin prestaciones, a los que sarcásticamente llaman “asociados”. Son ellos las cabezas más visibles de ese reducido grupo que se hace llamar Consejo Mexicano de Negocios, y que se abroga ilegítimamente la representatividad de los empresarios nacionales. No existe un calificativo suave para describir a estos señores feudales del siglo XXI.

No se les odia. Queremos que sus trabajadores no vivan en la incertidumbre laboral, que tengan salarios justos y suficientes como lo ordena la Constitución. Que, como usted o como yo, paguen puntualmente sus impuestos, tan necesarios para la educación, la salud y la obra pública. Es eso lo que les da pavor, es esala razón del miedo y la visible desesperación.

Y de última hora, en el escenario de los patos cazadores de escopetas, el campeón de las enajenaciones, acusa al candidato de Morena de querer privatizar la educación.

Las bolas de cristal no tienen garantía. La única herramienta válida de predicción del futuro es el análisis del pasado.

El pasado es un prólogo…Mark Twain


La conquista española bañó de sangre el territorio que hoy reconocemos como México. En el proceso de integración de una identidad nacional, cuando los españoles criollos, es decir, los nacidos en la Nueva España hijos de españoles europeos, se hicieron políticamente más cercanos a los naturales del Virreinato, se acuñó el término “gachupín”, que es ciertamente despectivo.

En los discursos de Hidalgo y de Morelos, hoy reconocidos héroes nacionales, el epíteto era una referencia directa a los invasores, esclavistas y explotadores. Es muy probable que las buenas conciencias de entonces, beneficiarias del coloniaje, reprobaran este y otros calificativos, etiquetándolos como propios de un lenguaje de odio. Quienes celebramos la independencia, lo vemos como expresión de un amor profundo por la tierra en la que nacimos. Bien decía Calderón de la Barca: el color de la lente es importante.

La palabra “roto” hacía referencia a los hacendados porfirianos y sus cortes, así como “pelones” describía a los militares al servicio del régimen dictatorial de entonces. El “discurso del odio” se reprodujo en el conflicto del 1910, aunque otra lectura lo colocaría en el terreno del afecto por la tierra y respeto por quien la trabaja.

Tanto los insurgentes como los revolucionarios fueron también golpeados con el diccionario: patas rajadas, indios, turba irreflexiva, animales, asesinos y ladrones. Y esos fantasmas nos visitan nuevamente.

¡Qué bueno que triunfó el ejército trigarante! Igual hay que celebrar que nos deshicimos de Díaz! No cabe duda. No obstante, es bueno reconocer los excesos, y la metamorfosis que transformó a los libertadores en verdugos.

Empresas como Bimbo, Televisa, Telcel, Femsa, WallMart, Soriana, Peñoles y Grupo Modelo, no se caracterizan por la solidaridad con sus trabajadores: empleados temporales, casi sin prestaciones, a los que sarcásticamente llaman “asociados”. Son ellos las cabezas más visibles de ese reducido grupo que se hace llamar Consejo Mexicano de Negocios, y que se abroga ilegítimamente la representatividad de los empresarios nacionales. No existe un calificativo suave para describir a estos señores feudales del siglo XXI.

No se les odia. Queremos que sus trabajadores no vivan en la incertidumbre laboral, que tengan salarios justos y suficientes como lo ordena la Constitución. Que, como usted o como yo, paguen puntualmente sus impuestos, tan necesarios para la educación, la salud y la obra pública. Es eso lo que les da pavor, es esala razón del miedo y la visible desesperación.

Y de última hora, en el escenario de los patos cazadores de escopetas, el campeón de las enajenaciones, acusa al candidato de Morena de querer privatizar la educación.

Las bolas de cristal no tienen garantía. La única herramienta válida de predicción del futuro es el análisis del pasado.

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