/ miércoles 2 de septiembre de 2020

Pedagogía del escándalo judicial

Los escándalos mediáticos transmitidos a nivel nacional en horario premier, a cerca de procesos judiciales, seguramente tendrán un efecto de aprendizaje duradero en los vertederos de los tribunales de justicia. Recién nos estrenamos en el establecimiento de un nuevo sistema de enjuiciamiento criminal, con algunas instituciones de plano ajenas a la idiosincrasia mexicana, cuando ya estamos viendo por todos lados los efectos torcidos tanto de la adopción de figuras procesales extrañas a nuestra particular forma de ser, como de la eficacia nociva de las series televisivas de naturaleza criminal que nos recetan a lo largo del día y todos los días.

Ejemplo de lo aquí narrado es la telenovela montada sobre el sonado caso de corrupción del ex director de Petróleos Mexicanos, con las particularidades ya conocidas por todos, y donde, haciendo uso de un nuevo elemento procedimental, el criterio de oportunidad (o testigo protegido, en el argot común) un presunto delincuente, confeso, por cierto, ya ha echado estiércol, justificada o injustificadamente, sobre más de treinta años de historia presidencial, pretendiendo, con esta argucia legaloide, justificar o atenuar (acudiendo a la teoría del caso de que su conducta estuvo coaccionada por seres del mismo averno), su actuación como servidor público.

Decíamos que esto que se publicita a diario tiene un efecto pedagógico, porque, a nivel de juicios menores, ya cualquier raterillo de vecindad y corruptillo de quinta categoría, agarrado con las manos en la masa en alguna transa relacionada con el manejo de los dineros públicos que tuvo a su cargo, ya está emulando la conducta del mencionado en párrafos precedentes, y están buscando librar la cárcel con idénticas estrategias legales.

Al margen de que debemos analizar y criticar este modo de proceder, poniendo énfasis en que los asuntos judiciales deben tramitarse y resolverse en los tribunales, y no en los patíbulos mediáticos, donde la constante es dejar prendido un ventilador que reparte a diestra y siniestra desechos orgánicos, ello si queremos contar con un verdadero sistema de justicia, a los directamente involucrados como sujetos pasivos de estos litigios criminales, se les pasa por alto que, para asumir esa ineficaz estrategia de defensa primeramente deben aceptar haber realizado los hechos que se les imputan o conocer las circunstancias donde se desarrolló su conducta, y por tanto, se convierten desde el primer momento de su proceso, en delincuentes confesos; luego, las exhibiciones mediáticas y públicas lo único que hacen es debilitar o anular, en contra de sus dichos, los principios rectores del debido proceso; y, además de lo anterior, y es lo más importante desde el punto de vista de la supuesta moral de este luxado método de aprendizaje expuesto, es que, esos delincuentes confesos ya multireferidos, de cualquier nivel y condición social, serán recordados para la posteridad como titulares indiscutibles de una miseria existencial congénita.

Los escándalos mediáticos transmitidos a nivel nacional en horario premier, a cerca de procesos judiciales, seguramente tendrán un efecto de aprendizaje duradero en los vertederos de los tribunales de justicia. Recién nos estrenamos en el establecimiento de un nuevo sistema de enjuiciamiento criminal, con algunas instituciones de plano ajenas a la idiosincrasia mexicana, cuando ya estamos viendo por todos lados los efectos torcidos tanto de la adopción de figuras procesales extrañas a nuestra particular forma de ser, como de la eficacia nociva de las series televisivas de naturaleza criminal que nos recetan a lo largo del día y todos los días.

Ejemplo de lo aquí narrado es la telenovela montada sobre el sonado caso de corrupción del ex director de Petróleos Mexicanos, con las particularidades ya conocidas por todos, y donde, haciendo uso de un nuevo elemento procedimental, el criterio de oportunidad (o testigo protegido, en el argot común) un presunto delincuente, confeso, por cierto, ya ha echado estiércol, justificada o injustificadamente, sobre más de treinta años de historia presidencial, pretendiendo, con esta argucia legaloide, justificar o atenuar (acudiendo a la teoría del caso de que su conducta estuvo coaccionada por seres del mismo averno), su actuación como servidor público.

Decíamos que esto que se publicita a diario tiene un efecto pedagógico, porque, a nivel de juicios menores, ya cualquier raterillo de vecindad y corruptillo de quinta categoría, agarrado con las manos en la masa en alguna transa relacionada con el manejo de los dineros públicos que tuvo a su cargo, ya está emulando la conducta del mencionado en párrafos precedentes, y están buscando librar la cárcel con idénticas estrategias legales.

Al margen de que debemos analizar y criticar este modo de proceder, poniendo énfasis en que los asuntos judiciales deben tramitarse y resolverse en los tribunales, y no en los patíbulos mediáticos, donde la constante es dejar prendido un ventilador que reparte a diestra y siniestra desechos orgánicos, ello si queremos contar con un verdadero sistema de justicia, a los directamente involucrados como sujetos pasivos de estos litigios criminales, se les pasa por alto que, para asumir esa ineficaz estrategia de defensa primeramente deben aceptar haber realizado los hechos que se les imputan o conocer las circunstancias donde se desarrolló su conducta, y por tanto, se convierten desde el primer momento de su proceso, en delincuentes confesos; luego, las exhibiciones mediáticas y públicas lo único que hacen es debilitar o anular, en contra de sus dichos, los principios rectores del debido proceso; y, además de lo anterior, y es lo más importante desde el punto de vista de la supuesta moral de este luxado método de aprendizaje expuesto, es que, esos delincuentes confesos ya multireferidos, de cualquier nivel y condición social, serán recordados para la posteridad como titulares indiscutibles de una miseria existencial congénita.