/ jueves 15 de agosto de 2019

PRI en 2019

Ese partido político realizó elección de su dirigencia nacional y constituye un referente del rumbo que habrá de tener en los próximos dos años y de su futuro como organismo electoral posterior al 2021.

Desde su fundación como Partido Nacional Revolucionario (1929), su cambio a Partido de la Revolución Mexicana (1938) y evolución a Partido Revolucionario Institucional (1946), tuvo hasta el año 2000 enorme influencia en la vida nacional, era maquinaria imparable que ganaba todas las elecciones y un apéndice de la Presidencia de la República. Si bien tuvo importantes logros como el milagro económico mexicano en 1940-1950 y que hasta 1982 logró un incremento geométrico en el ingreso anual promedio de los mexicanos, también tuvo eventos obscuros como la forma en que disolvió el movimiento estudiantil de 1968 o que desde 1983 acepto que desde el extranjero se nos impusiera el modelo económico neoliberal empobrecido y vulnerado la calidad de vida a dos de cada tres mexicanos. Agréguese que es un partido que los mexicanos consideran corrupto, ineficaz y mañoso pues en cada elección aplica ingeniería electoral para lograr sus propósitos y no necesariamente los de la población o su militancia, es su ADN. Consideración similar de sus partidarios cuando han ocupado cargos gubernamentales, por ejemplo el régimen presidencial de Peña Nieto.

Estos y otros factores son los que hacen dudar de la limpieza y objetividad de su actual elección interna 2019, aunado a ser un partido de dinámica organizacional tipo vertical pues se imponen decisiones de alta dirigencia y que cada vez se deteriora lealtad institucional de sus militantes. Ese partido carece de liderazgos nacionales que por su carisma e inteligencia tengan notoria presencia en el territorio mexicano, como tampoco tiene una propuesta de nación viable y pertinente para hacer contrapeso al partido Morena.

En este escenario las elecciones internas 2019 del priísmo, iniciaron con baja credibilidad, pugnas, acusaciones, reclamos de favoritismo, manipulación de resultados previo a elecciones y compra de voluntades, ello propicia desconfianza interna y externa en propios y personas ajenas.

De resultar una elección que genere mayor desánimo y hasta rupturas, la crisis del PRI entrará en una etapa de mayor declive, misma que se acrecentó por sus resultados en las elecciones constitucionales del 2018 y de ser así la debacle priísta quizá toque fondo después de las elecciones gubernamentales el 2021.

El PRI se renueva o desaparece, este es su dilema.

Ese partido político realizó elección de su dirigencia nacional y constituye un referente del rumbo que habrá de tener en los próximos dos años y de su futuro como organismo electoral posterior al 2021.

Desde su fundación como Partido Nacional Revolucionario (1929), su cambio a Partido de la Revolución Mexicana (1938) y evolución a Partido Revolucionario Institucional (1946), tuvo hasta el año 2000 enorme influencia en la vida nacional, era maquinaria imparable que ganaba todas las elecciones y un apéndice de la Presidencia de la República. Si bien tuvo importantes logros como el milagro económico mexicano en 1940-1950 y que hasta 1982 logró un incremento geométrico en el ingreso anual promedio de los mexicanos, también tuvo eventos obscuros como la forma en que disolvió el movimiento estudiantil de 1968 o que desde 1983 acepto que desde el extranjero se nos impusiera el modelo económico neoliberal empobrecido y vulnerado la calidad de vida a dos de cada tres mexicanos. Agréguese que es un partido que los mexicanos consideran corrupto, ineficaz y mañoso pues en cada elección aplica ingeniería electoral para lograr sus propósitos y no necesariamente los de la población o su militancia, es su ADN. Consideración similar de sus partidarios cuando han ocupado cargos gubernamentales, por ejemplo el régimen presidencial de Peña Nieto.

Estos y otros factores son los que hacen dudar de la limpieza y objetividad de su actual elección interna 2019, aunado a ser un partido de dinámica organizacional tipo vertical pues se imponen decisiones de alta dirigencia y que cada vez se deteriora lealtad institucional de sus militantes. Ese partido carece de liderazgos nacionales que por su carisma e inteligencia tengan notoria presencia en el territorio mexicano, como tampoco tiene una propuesta de nación viable y pertinente para hacer contrapeso al partido Morena.

En este escenario las elecciones internas 2019 del priísmo, iniciaron con baja credibilidad, pugnas, acusaciones, reclamos de favoritismo, manipulación de resultados previo a elecciones y compra de voluntades, ello propicia desconfianza interna y externa en propios y personas ajenas.

De resultar una elección que genere mayor desánimo y hasta rupturas, la crisis del PRI entrará en una etapa de mayor declive, misma que se acrecentó por sus resultados en las elecciones constitucionales del 2018 y de ser así la debacle priísta quizá toque fondo después de las elecciones gubernamentales el 2021.

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