/ miércoles 6 de noviembre de 2019

Sobre la muerte

La muerte no es un personaje, menos una santa. No es nadie, es un hecho natural propio de nuestra condición humana que implica la separación del alma y el cuerpo, al menos para los creyentes, aunque si en realidad es así, tendría que ser así para todos, se crea o no, aunque la duda persiste.

A los sacerdotes nos toca acompañar a las personas en momentos importantes de la vida. Esto hace nuestra vocación interesante y divertida, y a veces también un poco trágica, como cuando nos toca acompañar ante la muerte de un ser querido. Son momentos en los que hay que hacerse presente para llevar la luz de la fe, en una situación en la que se nos recuerda lo frágil que somos.

Me gusta recordar en los funerales que la muerte del ser querido nos tiene qué hacer pensar en nuestro propio final. Algún día serán nuestros familiares a quienes les den el pésame. Las estadísticas sobre la esperanza de vida dicen una cosa, pero nada nos la asegura, es un don de Dios. Por eso hay que reflexionar de vez en cuando sobre cómo estamos viviendo.

En el libro “Introducción al cristianismo” del año 1968, escribió el entonces sacerdote Joseph Ratzinger futuro Benedicto XVI, palabras más palabras menos, que todos experimentamos una cierta tensión sobre el mas allá. Los creyentes porque a veces nos asalta la duda sobre si lo que creemos que sucede después de esta vida es realmente así. Y los no creyentes, de la misma manera, sobre todo cuando se ve cerca la muerte, sobre si realmente todo se acaba aquí, o si por el contrario hay algo después de esta vida.

La fe nos da una gran luz sobre lo que sigue y lo que nos espera según hayamos vivido, pero precisamente le llamamos fe, porque todavía no vemos lo que creemos, aunque podemos ya vislumbrar algo. Por eso hace falta profundizar en la fe y hacer siempre experiencia de ella, pues nunca es algo concluido, ni se puede realmente vivirla de manera aislada, sino en medio de una comunidad, como es la Iglesia.

En este mes de noviembre, dedicado a los difuntos, sería bueno reflexionar: ¿cómo me estoy preparando para mi muerte? ¿Me doy cuenta que el tiempo se agota, y lo que es peor, o quizá mejor, ni siquiera sé cuánto me queda? He aprendido de amigos sabios, y ya con cierta edad, aunque se puede ser mayor pero no sabio, a vivir con un cierto sentido de urgencia, dedicando tiempo a lo importante, y sobre todo a Dios y a los demás, que es lo que vale la pena. ¡Gracias!

La muerte no es un personaje, menos una santa. No es nadie, es un hecho natural propio de nuestra condición humana que implica la separación del alma y el cuerpo, al menos para los creyentes, aunque si en realidad es así, tendría que ser así para todos, se crea o no, aunque la duda persiste.

A los sacerdotes nos toca acompañar a las personas en momentos importantes de la vida. Esto hace nuestra vocación interesante y divertida, y a veces también un poco trágica, como cuando nos toca acompañar ante la muerte de un ser querido. Son momentos en los que hay que hacerse presente para llevar la luz de la fe, en una situación en la que se nos recuerda lo frágil que somos.

Me gusta recordar en los funerales que la muerte del ser querido nos tiene qué hacer pensar en nuestro propio final. Algún día serán nuestros familiares a quienes les den el pésame. Las estadísticas sobre la esperanza de vida dicen una cosa, pero nada nos la asegura, es un don de Dios. Por eso hay que reflexionar de vez en cuando sobre cómo estamos viviendo.

En el libro “Introducción al cristianismo” del año 1968, escribió el entonces sacerdote Joseph Ratzinger futuro Benedicto XVI, palabras más palabras menos, que todos experimentamos una cierta tensión sobre el mas allá. Los creyentes porque a veces nos asalta la duda sobre si lo que creemos que sucede después de esta vida es realmente así. Y los no creyentes, de la misma manera, sobre todo cuando se ve cerca la muerte, sobre si realmente todo se acaba aquí, o si por el contrario hay algo después de esta vida.

La fe nos da una gran luz sobre lo que sigue y lo que nos espera según hayamos vivido, pero precisamente le llamamos fe, porque todavía no vemos lo que creemos, aunque podemos ya vislumbrar algo. Por eso hace falta profundizar en la fe y hacer siempre experiencia de ella, pues nunca es algo concluido, ni se puede realmente vivirla de manera aislada, sino en medio de una comunidad, como es la Iglesia.

En este mes de noviembre, dedicado a los difuntos, sería bueno reflexionar: ¿cómo me estoy preparando para mi muerte? ¿Me doy cuenta que el tiempo se agota, y lo que es peor, o quizá mejor, ni siquiera sé cuánto me queda? He aprendido de amigos sabios, y ya con cierta edad, aunque se puede ser mayor pero no sabio, a vivir con un cierto sentido de urgencia, dedicando tiempo a lo importante, y sobre todo a Dios y a los demás, que es lo que vale la pena. ¡Gracias!

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