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¡El paso de Villa!

  • Juan Castro
  • en Cultura

Alrededor de cinco mil muertos entre las tropas federales y cerca de 3 mil entre la División del Norte, que fue comandada por el General Francisco Villa, hicieron que transitar en la ciudad de Zacatecas el 23 de junio de 1914 a las 18:00 horas fuera imposible.

Eso fue el resultado del triunfo sobre el Ejército federal, lo que constituyó el paso definitivo en la restauración del orden legal en el país.

En un lapso de seis horas, aproximadamente, se libró la batalla más cruenta de la Revolución.

Aún hoy quedan las huellas de hace 102 años, las páginas de la historia regresan hasta el cerro de La Bufa, donde el General Francisco Villa, el General Felipe Ángeles, y el General Pánfilo Natera, observan impávidos el andar del tiempo.

La Toma de Zacatecas fue la acción más sangrienta de la revolución constitucionalista en contra del huertismo, ya que rompió la columna vertebral de las fuerzas del Ejército Federal, y dejó libre de obstáculos el avance rumbo a la Ciudad de México, lo que precipitó la caída del gobierno del usurpador Victoriano Huerta.

Zacatecas representó la máxima victoria militar de la División del Norte, que tomó fama de invencible, además de consolidar el prestigio militar del General Felipe Ángeles como el mejor artillero de México, y de Francisco Villa, quien comenzó a ser conocido popularmente como el “Centauro del Norte”.

ANTECEDENTES

 

 

Victoriano Huerta, en complicidad con el Ejército y la Embajada de Estados Unidos, obligó al entonces presidente de la República, Francisco I. Madero, a renunciar a su cargo y ocupó el puesto.

Unos días después, el 22 de febrero se da el asesinato de Francisco I. Madero y del vicepresidente, José María Pino Suárez.

El gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, manifestó su repudio a la usurpación.

Mediante el Plan de Guadalupe se nombra a Venustiano Carranza primer jefe del Ejército constitucionalista y se le obliga a convocar a elecciones en caso de que las fuerzas rebeldes ocupen triunfantes la capital del país.

Pánfilo Natera y el alcalde de Concepción del Oro, Eulalio Gutiérrez, toman las armas en repudio de la usurpación.

El estado, sin embargo, por conducto del gobernador de Zacatecas, Rafael Ceniceros, se manifiesta la adhesión a Victoriano Huerta.

Para noviembre de 1913, los revolucionarios encabezados por Venustiano Carranza controlan casi la totalidad del norte del país y el ejército constitucionalista se consolida con el Ejército del Noreste, comandado por el General Pablo González, con base en Coahuila; el Ejército del Noroeste, conducido por el General Álvaro Obregón, con sede en Sonora; la División del Norte asentada en Chihuahua a cargo del General Francisco Villa.

FRANCISCO VILLA

 

 

Su nombre real fue José Doroteo Arango Arámbula. Nació en San Juan del Río, Durango, el 5 de junio de 1878 y murió en Parral, Chihuahua en 1923.
Pancho Villa nació cuando Doroteo Arango a los dieciséis años mató a un hombre. Las versiones coinciden en que el muerto era un personaje de cierta relevancia que había intentado forzar a una de las hermanas Arango.

Doroteo Arango se escapó y se refugió en el monte.

Cuando estalló la Revolución en 1910 llevaba muchos años fugitivo en las montañas.

Se dedicó al bandolerismo, gozaba de admiración y popularidad entre los campesinos por sus acciones contra los hacendados ricos.

Secundó los planteamientos de Francisco I. Madero, que en su Plan de San Luis llamó a alzarse en armas, el 20 de noviembre de 1910, contra el régimen de Porfirio Díaz, prometiendo a los campesinos la devolución de las tierras injustamente arrebatadas durante la prolongada dictadura porfirista (1876-1911).

Pancho Villa apoyó la presidencia progresista de Madero (1911-1913) y combatió la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta (1913-1914), al que logró derrocar en colaboración con Emiliano Zapata y con el líder constitucionalista Venustiano Carranza.

Después de la victoria de esta segunda revolución, Villa y Zapata se sintieron defraudados por Carranza, y volvieron a tomar las armas, ahora contra él.

Sin embargo, en esta ocasión el general Álvaro Obregón derrotó a los villistas, afianzando a Venustiano Carranza en la presidencia (1915-1920).
Perdido desde entonces su poder político y militar, Villa fue asesinado en 1923.

UNA BATALLA PERDIDA

Tal era la plaza que el gobierno constitucionalista había resuelto tomar en los primeros días de junio Zacatecas.

El General Carranza encargó de la misión a los generales Natera y Arríeta que comandaban respectivamente los contingentes de los estados de Zacatecas y Durango con cerca de siete mil hombres en total.

Natera y Arríeta valoraron sus fuerzas y concluyeron que sin un apoyo militar fuerte, el intento de tomar Zacatecas los llevaría a una estéril derrota.

Venustíano Carranza se oponía a que la División del Norte con todo su contingente militar apoyara al General Natera, sus órdenes fueron que se enviarán algunas brigadas.

El Estado Mayor de la División del Norte se opuso, el planteamiento que se le hizo al Primer Jefe fue la participación de toda la división.
A pesar de la negativa de Carranza, el día 15 y los siguientes las tropas de la División de Villa partieron de Torreón, con destino a Calera donde se llevaban a cabo desembarcos.

Llegaron a Calera 11 brigadas integradas por 16 mil 400 hombres con 18 mil fusiles y 42 fuerzas de artillería.

Los hombres de Villa antes de la batalla de Zacatecas permanecieron en la región, en Calera se acamparon algunos notables villistas, Trinidad Rodríguez, Abraham Velarde, Domingo Arrieta y los hermanos Trillo, entre otros.

Los trenes ocuparon la vía desde Pimienta hasta la estación de Calera, siendo uno de los carros el centro de mando de la División del Norte.

 

 

LA BATALLA LLEGA A ZACATECAS

Era la madrugada del 17 de junio de 1914, y desde Torreón, el general Felipe Ángeles comenzó a montar el grueso de su artillería en cinco trenes.

A las 08:00 de la mañana la primera locomotora partió con rumbo a Zacatecas.

Felipe Ángeles y su gente llegaron a Calera el día 19 de junio por la mañana.

Desembarcado el equipo militar, el general tomó su caballo y con una escolta salió a reconocer el terreno, necesitaba establecer posiciones y ubicar los sitios más adecuados para sus piezas de artillería.

Un enorme reflector colocado en el punto más alto del cerro de la Bufa iluminaba la ciudad de Zacatecas.

La gente comentaba que el general huertista Luis Medina Barrón –oficial a cargo de la defensa de la plaza- lo había mandado traer de Veracruz, para lo cual había sido necesario desmontarlo del faro que se levantaba en el puerto.

Los federales lo hacían girar toda la noche tratando de ubicar las posiciones rebeldes y las piezas de artillería.

Aunque la mayor parte de las fuerzas se encontraban listas para el combate, Felipe Ángeles decidió no iniciar las operaciones sobre Zacatecas.

Sus razones eran exclusivamente militares: como general en jefe de la División del Norte, Villa debía dirigir personalmente el ataque.

Los renombrados generales de la División del Norte -Tomás Urbina, Rodolfo Herrero, Severiano Ceniceros, Eugenio Aguirre Benavides, Raúl Madero, José y Trinidad Rodríguez, Rosalío Hernández y Maclovio Herrera- estaban acuartelados con sus brigadas y listos para entrar en acción apoyados por el fuego de la artillería.

De un momento a otro se esperaba el arribo del Centauro del Norte.

LA LLEGADA DE VILLA A ZACATECAS

 

 

“Por allá en la dirección a la Hacienda Nueva, se oyó el primer tiroteo. Ahí venía el General Villa”, escribió Ángeles en su diario.

Francisco Villa se presentó en las inmediaciones de Zacatecas, por la tarde del 22 de junio y determinó que la batalla comenzaría a las 10 de la mañana del día siguiente, 23 de junio de 1914.

La señal para iniciar la batalla sería era el disparo de un cañón.

En la víspera, el general Felipe Ángeles hizo un movimiento que dejó perplejo al enemigo: retiró las piezas de artillería de sus posiciones originales y las emplazó en sitios imperceptibles y muy cerca de las líneas defensivas de los federales.

Los últimos tres días convenció a los huertistas que ya tenía definidas sus posiciones.

Fue entonces que en la tranquilidad, el disparo de un cañón estremeció a las diez de la mañana en punto a Zacatecas.

Eso anunció el inició de la batalla. Los villistas avanzaron por los cuatro puntos cardinales intentando arrebatar a los federales sus posiciones en La Bufa, el cerro del Grillo, la Sierpe, Loreto y el cerro de La Tierra Negra.

Cuarenta cañones –28 por el norte y 12 por el sur- entraron en acción al mismo tiempo para apoyar el despliegue de la infantería que ascendía presurosa por los cerros que rodeaban la ciudad.

Los 22 mil hombres de la División del Norte se movían en completa armonía bajo la dirección de Felipe Ángeles.

“La artillería obrando en masa –escribió Ángeles- y con el casi exclusivo objeto de batir y neutralizar las tropas de la posición que deseaba conquistar la infantería y ésta marchando resueltamente sobre la posición en donde la neutralización se realizaba. ¡Qué satisfacción la de haber conseguido esta liga de las armas!”

Felipe Ángeles tomó su caballo para cerciorarse del estado que guardaban otros puntos de la batalla.

En camino al cerro de Loreto encontró a Villa. Cabalgaron juntos mientras escuchaban los disparos de la artillería. Los cañones federales intentaban pegarle al numeroso grupo; sus tiros, sin embargo, quedaban cortos.

Una granada explotó a escasos tres metros de donde se hallaban Ángeles y Villa observando el combate. El humo cubrió por algunos instantes a los dos jefes y a sus hombres. Cuando el humo desapareció había varios cadáveres mutilados. Para mala fortuna no había sido disparado por del enemigo. El proyectil era villista, explotó en manos de un artillero que preparaba su lanzamiento. Para evitar que los soldados entraran en pánico o pensaran en el riesgo que corrían al manejar las bombas, Ángeles gritó: “No ha pasado nada, hay que continuar sin descanso; algunos se tienen que morir, y para que no nos muramos nosotros es necesario matar al enemigo. “¡Fuego sin interrupción!”.

Hacia las 17:40 horas, el triunfo de la División del Norte estaba cerca. El enemigo abandonaba sus posiciones y huía de manera desorganizada.

“No los veíamos caer, pero lo adivinábamos –escribió Ángeles-. Lo confieso sin rubor, los veía aniquilar en el colmo del regocijo; porque miraba las cosas bajo el punto de vista artístico, del éxito de la labor hecha, de la obra maestra terminada. Y mandé decir al General Villa: ¡Ya ganamos, mi general! Y efectivamente, ya la batalla podía darse por terminada, aunque faltaran muchos tiros por dispararse”.

Unos minutos después, las tropas villistas tomaban posesión del cerro de La Bufa y del Grillo y avanzaban sobre la ciudad.

Las calles de Zacatecas presenciaron una de las peores matanzas de la revolución. Los revolucionarios acabaron con todos los soldados federales que encontraron a su paso. Saquearon casas, edificios y oficinas. En algunos casos arremetieron incluso contra la población civil. Los siete kilómetros que mediaban entre Zacatecas y la población de Guadalupe terminaron tapizados de cadáveres impidiendo el tránsito de carruajes.

En uno de los edificios del centro de la ciudad, el Palacio Federal, se encontraba un joven oficial del ejército de Huerta. Su misión era defender el parque y las armas que se encontraban almacenadas ahí. Cuando los villistas entraron a la ciudad, el oficial supo que no tenía escapatoria. Esperó a que llegaran los revolucionarios y cuando intentaron entrar hizo volar el edificio. Decenas de víctimas de ambos bandos quedaron entre los escombros de la vieja construcción.

Cinco mil muertos entre las tropas federales. Cerca de tres mil lamentó la División del Norte. Decenas de prisioneros salvaron la vida gracias a la intercesión de Felipe Ángeles. La sangre sólo debía correr en la batalla.

Victoriano Huerta renunció 22 días después de la Toma de Zacatecas.

 

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