/ lunes 9 de septiembre de 2019

Así fue el último día de los dinosaurios

Científicos analizaron rocas extraídas del cráter Chicxulub, de la península de Yucatán

Hace 65 millones de años, una enorme roca de diez kilómetros impactó contra la Tierra y desencadenó la quinta extinción masiva. Ese día, el último de los dinosaurios y el primero de una nueva era dominada por los mamíferos -y por el hombre-, ha sido reconstruido en un estudio que se publica este lunes en la revista Pnas.

La investigación, liderada por científicos del Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas (Estados Unidos), se basa en el análisis de las muestras de rocas extraídas de la "zona cero" del impacto, el cráter Chicxulub, de la península de Yucatán (México).

El estudio, en el que han participado investigadores del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), reconstruye los procesos geológicos, químicos y biológicos generados por el impacto del asteroide que cayó sobre la Tierra con una potencia equivalente a diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshima.


En un primer momento, la explosión quemó la vegetación que había en varios miles de kilómetros a la redonda y desencadenó un tsunami gigante que arrastró sedimentos hasta el interior de Norteamérica -más de dos mil kilómetros tierra adentro- pero lo peor vino después.

El impacto liberó tanto azufre a la atmósfera que bloqueó la luz solar y causó un enfriamiento global que acabó con los dinosaurios y con el 75 por ciento de las formas de vida del planeta.


Fue un infierno local de corta duración, seguido de un largo periodo de enfriamiento global: los dinosaurios "se achicharraron y luego se congelaron", aunque "no todos murieron ese día", resume Sean Gulick, profesor de investigación en el Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas y autor principal del estudio.


Los análisis indican que la mayor parte del material que rellenó el cráter en las horas posteriores al impacto se originó en el mismo lugar del impacto o fue arrastrado por el agua del océano que fluyó de nuevo hacia el cráter desde el Golfo de México circundante.

En un solo día se depositaron unos 130 metros de material, una tasa de acumulación vertiginosa que se encuentra entre las más altas jamás encontradas en el registro geológico y que ha permitido reconstruir los sucesos que tuvieron lugar dentro y fuera del cráter desde el momento del impacto hasta varias horas después.

Jens Ormö, investigador del Centro de Astrobiología y coautor del estudio, analizó las muestras para tratar de determinar cómo había sido transportado y depositado el material acumulado en el lugar del impacto -y a veces también su procedencia-, algo esencial para entender la cantidad de agua que fluía en el cráter y los procesos que ocurrieron cuando se estaba llenando.


"Los sedimentos revelan enormes energías de transporte que son mucho más grandes que cualquier otra inundación catastrófica conocida en el planeta. El agua densa y llena de escombros se movía con velocidades que equivalían a la velocidad del viento de los huracanes", detalla Ormö.

Pero quizá el hallazgo más importante de la investigación está relacionado con el azufre, el elemento químico que originó el enfriamiento global y el cambio climático que causó la extinción masiva; "el verdadero asesino", según Gulick.

Los análisis de las muestras de roca desvelan que el impacto del asteroide vaporizó, al menos, 325 mil millones de toneladas métricas de minerales ricos en azufre presentes en el lugar del impacto, suficiente para hacer que la luz solar se volviera opaca y provocar un drástico enfriamiento en toda la Tierra.


La cantidad de azufre que se liberó ese día a la atmósfera es unas 10 mil veces superior a la que expulsó el volcán indonesio de Krakatoa en 1883, que provocó un descenso promedio de 2.2 grados en la temperatura global durante cinco años.

Para Ormö, "todo lo que se puede deducir de los sedimentos depositados en esos primeros instantes nos permite saber cómo fue el primer día del Cenozoico, el primer día de una nueva era dominada por los mamíferos y eventualmente por nuestra propia especie. Una especie que ahora, por otras causas como la contaminación masiva de los océanos y de la atmósfera, ha iniciado la sexta y última de las extinciones masivas. Tal vez todavía estamos a tiempo de aprender algo del pasado".

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La investigación, liderada por científicos del Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas (Estados Unidos), se basa en el análisis de las muestras de rocas extraídas de la "zona cero" del impacto, el cráter Chicxulub, de la península de Yucatán (México).

El estudio, en el que han participado investigadores del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), reconstruye los procesos geológicos, químicos y biológicos generados por el impacto del asteroide que cayó sobre la Tierra con una potencia equivalente a diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshima.


En un primer momento, la explosión quemó la vegetación que había en varios miles de kilómetros a la redonda y desencadenó un tsunami gigante que arrastró sedimentos hasta el interior de Norteamérica -más de dos mil kilómetros tierra adentro- pero lo peor vino después.

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Fue un infierno local de corta duración, seguido de un largo periodo de enfriamiento global: los dinosaurios "se achicharraron y luego se congelaron", aunque "no todos murieron ese día", resume Sean Gulick, profesor de investigación en el Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas y autor principal del estudio.


Los análisis indican que la mayor parte del material que rellenó el cráter en las horas posteriores al impacto se originó en el mismo lugar del impacto o fue arrastrado por el agua del océano que fluyó de nuevo hacia el cráter desde el Golfo de México circundante.

En un solo día se depositaron unos 130 metros de material, una tasa de acumulación vertiginosa que se encuentra entre las más altas jamás encontradas en el registro geológico y que ha permitido reconstruir los sucesos que tuvieron lugar dentro y fuera del cráter desde el momento del impacto hasta varias horas después.

Jens Ormö, investigador del Centro de Astrobiología y coautor del estudio, analizó las muestras para tratar de determinar cómo había sido transportado y depositado el material acumulado en el lugar del impacto -y a veces también su procedencia-, algo esencial para entender la cantidad de agua que fluía en el cráter y los procesos que ocurrieron cuando se estaba llenando.


"Los sedimentos revelan enormes energías de transporte que son mucho más grandes que cualquier otra inundación catastrófica conocida en el planeta. El agua densa y llena de escombros se movía con velocidades que equivalían a la velocidad del viento de los huracanes", detalla Ormö.

Pero quizá el hallazgo más importante de la investigación está relacionado con el azufre, el elemento químico que originó el enfriamiento global y el cambio climático que causó la extinción masiva; "el verdadero asesino", según Gulick.

Los análisis de las muestras de roca desvelan que el impacto del asteroide vaporizó, al menos, 325 mil millones de toneladas métricas de minerales ricos en azufre presentes en el lugar del impacto, suficiente para hacer que la luz solar se volviera opaca y provocar un drástico enfriamiento en toda la Tierra.


La cantidad de azufre que se liberó ese día a la atmósfera es unas 10 mil veces superior a la que expulsó el volcán indonesio de Krakatoa en 1883, que provocó un descenso promedio de 2.2 grados en la temperatura global durante cinco años.

Para Ormö, "todo lo que se puede deducir de los sedimentos depositados en esos primeros instantes nos permite saber cómo fue el primer día del Cenozoico, el primer día de una nueva era dominada por los mamíferos y eventualmente por nuestra propia especie. Una especie que ahora, por otras causas como la contaminación masiva de los océanos y de la atmósfera, ha iniciado la sexta y última de las extinciones masivas. Tal vez todavía estamos a tiempo de aprender algo del pasado".

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