/ martes 9 de junio de 2020

La Amazonía indefensa ante incendios en plena pandemia de Covid-19

Los incendios son provocados por agricultores y criadores de ganado ilegales

Cuando decenas de miles de incendios se declararon el año pasado en la Amazonía, la mayor selva tropical del planeta pareció más amenazada que nunca. Pero la inminente nueva temporada de quemas podría ser peor, con problemas potenciados por la pandemia de coronavirus.

En primer lugar, porque el gran número de árboles abatidos puede provocar incendios aún mayores que el año pasado.

Seguido, porque las humaredas provocarán una afluencia en las emergencias por enfermedades respiratorias en una región donde los hospitales están desbordados por la covid-19.

Y finalmente, porque las dos crisis pueden retroalimentarse: la pandemia reduce el personal y los medios para enfrentar los incendios forestales y estos incrementan los problemas sanitarios.

En agosto del año pasado, los paisajes de la selva en llamas provocaron un clamor mundial de indignación y las humaredas que se desprendían de las zonas calcinadas llegaron a oscurecer el cielo de Sao Paulo, a miles de kilómetros de esas áreas.

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El Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (IPAM) advirtió el lunes que las quemas, que se inician en junio con la temporada seca, pueden ser este año mucho más devastadoras.

Los incendios son provocados por agricultores y criadores de ganado ilegales, que limpian de ese modo el terreno tras la tala.

El año pasado, ese proceso quedó sin terminar, debido a que el gobierno, bajo fuerte presión interna y externa, envió al ejército para controlar los fuegos.

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"Un área deforestada de por lo menos 4.500 km2 en la Amazonía, equivalente a tres veces el municipio de Sao Paulo, está pronta para la quemada", escribe el informe del IPAM.

Desde entonces, la tala se acrecentó.

La deforestación de la Amazonía brasileña totalizó 1.843 km2 en los primeros cinco meses de 2020, según datos de observaciones por vía satélite, con lo cual los 4.500 km2 ya listos para convertirse en cenizas podrían duplicarse hasta agosto, según estimaciones de científicos citadas por el IPAM.

"Si solamente el 60% de esa superficie se quemara, tendríamos una temporada de incendios similar a la de 2019. Y si se quemara el 100%, asistiríamos a una calamidad sanitaria sin precedentes en la región amazónica, que agravaría la provocada por la covid-19", añade.

Echar leña al fuego

Los incendios del año pasado levantaron una oleada de críticas contra el presidente Jair Bolsonaro, un escéptico del cambio climático que pretende legalizar las actividades agropecuarias y mineras en áreas protegidas de la Amazonía.

El mandatario de ultraderecha inicialmente minimizó la magnitud de los incendios que devastaban la zona en una prolongada temporada seca, con altas temperaturas.

Finalmente, decidió enviar el ejército y la estrategia dio resultado, al menos a corto plazo.

"En muchas zonas donde he trabajado (...), solo falta quemar, pero la floresta ya fue derribada. Entonces la historia puede verse desde otro ángulo: ¿cuándo la quemarán?" dice Erika Berenguer, especialista en temas amazónicos de las universidades de Oxford y Lancaster.

"Si se quema ahora (...), tendremos enfermedades respiratorias provocadas por la humareda y la Covid. ¡Una porquería de situación!", dijo Berenguer a la AFP.

Desviar la atención

Brasil, que posee el 60% de la selva amazónica, es el tercer país con más número de muertos por la pandemia del nuevo coronavirus.

La región amazónica fue particularmente golpeada por la enfermedad; sus hospitales se hallan desbordados y las poblaciones indígenas están particularmente expuestas a las dolencias traídas del exterior.

El estado Amazonas, con una superficie que triplica la de España, cuenta apenas con una unidad de cuidados intensivos en su capital, Manaos.

Los servicios municipales se vieron obligados a proceder a entierros en fosas comunes y a conservar cadáveres en camiones refrigerados en espera de la inhumación.

La pandemia redujo además la capacidad de las autoridades para frenar la deforestación.

"Mientras las personas de bien y las fuerzas policiales se dedican a mitigar el virus, los bandidos siguen sin estar en cuarentena. Hay un descontrol en este asunto, vinculado a la crisis de la covid-19", le dijo al diario O Globo el director del IPAM, André Guimaraes

"Tenemos la posibilidad de aprovechar este momento en que la atención de la prensa está volcada casi exclusivamente en la covid (...) para ir modificando todo el reglamento y simplificando normas" en ese campo, propuso el ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, en una reunión ministerial en abril.

"Esta nefasta combinación puede presionar aún más el sistema de salud de la región", señala el IPAM.

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Cuando decenas de miles de incendios se declararon el año pasado en la Amazonía, la mayor selva tropical del planeta pareció más amenazada que nunca. Pero la inminente nueva temporada de quemas podría ser peor, con problemas potenciados por la pandemia de coronavirus.

En primer lugar, porque el gran número de árboles abatidos puede provocar incendios aún mayores que el año pasado.

Seguido, porque las humaredas provocarán una afluencia en las emergencias por enfermedades respiratorias en una región donde los hospitales están desbordados por la covid-19.

Y finalmente, porque las dos crisis pueden retroalimentarse: la pandemia reduce el personal y los medios para enfrentar los incendios forestales y estos incrementan los problemas sanitarios.

En agosto del año pasado, los paisajes de la selva en llamas provocaron un clamor mundial de indignación y las humaredas que se desprendían de las zonas calcinadas llegaron a oscurecer el cielo de Sao Paulo, a miles de kilómetros de esas áreas.

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El Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (IPAM) advirtió el lunes que las quemas, que se inician en junio con la temporada seca, pueden ser este año mucho más devastadoras.

Los incendios son provocados por agricultores y criadores de ganado ilegales, que limpian de ese modo el terreno tras la tala.

El año pasado, ese proceso quedó sin terminar, debido a que el gobierno, bajo fuerte presión interna y externa, envió al ejército para controlar los fuegos.

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"Un área deforestada de por lo menos 4.500 km2 en la Amazonía, equivalente a tres veces el municipio de Sao Paulo, está pronta para la quemada", escribe el informe del IPAM.

Desde entonces, la tala se acrecentó.

La deforestación de la Amazonía brasileña totalizó 1.843 km2 en los primeros cinco meses de 2020, según datos de observaciones por vía satélite, con lo cual los 4.500 km2 ya listos para convertirse en cenizas podrían duplicarse hasta agosto, según estimaciones de científicos citadas por el IPAM.

"Si solamente el 60% de esa superficie se quemara, tendríamos una temporada de incendios similar a la de 2019. Y si se quemara el 100%, asistiríamos a una calamidad sanitaria sin precedentes en la región amazónica, que agravaría la provocada por la covid-19", añade.

Echar leña al fuego

Los incendios del año pasado levantaron una oleada de críticas contra el presidente Jair Bolsonaro, un escéptico del cambio climático que pretende legalizar las actividades agropecuarias y mineras en áreas protegidas de la Amazonía.

El mandatario de ultraderecha inicialmente minimizó la magnitud de los incendios que devastaban la zona en una prolongada temporada seca, con altas temperaturas.

Finalmente, decidió enviar el ejército y la estrategia dio resultado, al menos a corto plazo.

"En muchas zonas donde he trabajado (...), solo falta quemar, pero la floresta ya fue derribada. Entonces la historia puede verse desde otro ángulo: ¿cuándo la quemarán?" dice Erika Berenguer, especialista en temas amazónicos de las universidades de Oxford y Lancaster.

"Si se quema ahora (...), tendremos enfermedades respiratorias provocadas por la humareda y la Covid. ¡Una porquería de situación!", dijo Berenguer a la AFP.

Desviar la atención

Brasil, que posee el 60% de la selva amazónica, es el tercer país con más número de muertos por la pandemia del nuevo coronavirus.

La región amazónica fue particularmente golpeada por la enfermedad; sus hospitales se hallan desbordados y las poblaciones indígenas están particularmente expuestas a las dolencias traídas del exterior.

El estado Amazonas, con una superficie que triplica la de España, cuenta apenas con una unidad de cuidados intensivos en su capital, Manaos.

Los servicios municipales se vieron obligados a proceder a entierros en fosas comunes y a conservar cadáveres en camiones refrigerados en espera de la inhumación.

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