/ miércoles 23 de septiembre de 2020

#JuntosCrecemos Sanar la tierra para detener al Coronavirus

La cosmogonía wixárika ante la pandemia

Por las calles de cantera rosa de la capital zacatecana es común encontrarse a personas del grupo étnico de los wixárika o wixáricas, también conocidos como huicholes, ellos venden productos como pomadas de peyote (para abatir los dolores musculares o reumas) y sobre todo expenden sus artesanías con los colores y formas característicos de su cosmogonía.

Ellos se autodenominan wixárika (quiere decir la gente en lengua uto-azteca), ellos hablan una lengua del grupo corachol, cercanamente emparentada con el grupo nahua (aztecoide).

Y aún y cuando son originarios del estado de Nayarit, es común verlos en municipios y capital de Zacatecas.

El arte wixárika se ha convertido en un emblema de las calles de cantera y plata durante los festivales que anualmente se realizan.

Enfrentando la pandemia

Alex tiene 34 años, él y su esposa viven en Zacatecas desde hace cinco años, con dos de sus cuatro hijos. Esta pareja wixárika llegó de Santa Barbara, en el gran Nayar de Nayarit, trayendo consigo su cultura, su cosmovisión y sus tradiciones.

Este 2020 las cosas cambiaron radicalmente, ellos también fueron obligados a quedarse en casa. Al inicio (cuenta Alex) no pensaban que esta enfermedad llegara a las calles, las autoridades sólo les dijeron que no salieran, pero nadie les orientó, así que al inicio no creían que fuera algo real.

Luego de seis meses la necesidad económica los ha obligado a salir “pues si no ganamos dinero, no comemos y así si podríamos contagiarnos”, asegura Alejandro.

El turismo -su principal fuente de ingreso-, ha tardado en regresar, en los días en los que no había nadie en las calles, Alex tenía que salir y tocar casa por casa para ofrecer su arte y pomadas, solo así era capaz de llevar algo de dinero a su familia.

Adaptarse o morir

La fortaleza de los wixárikas se hace presente en cada momento y en tiempos pandémicos con mayor razón, sin doblegarse y sin renunciar a sus tradiciones ha sabido adaptarse y continuar con sus ventas, ahora incluyendo otras cosas.

Las autoridades locales les ofrecieron préstamos de cinco mil pesos, pero no todos los wixárikas cumplían los requisitos y quienes sí pudieron recibir el apoyo económico solo recibieron una parte, lo cual les ha servido para pagar el lugar donde se instalan diariamente en la vía pública que asciende a 41 pesos diarios.

Adquieren además el gel antibacterial, los cubrebocas y el jabón para seguir las medidas sanitarias.

Junto con los “ojos de Dios”, los mosaicos, las pulseras y las pomadas, ahora Alex y su familia venden cubrebocas bordados a mano, en punto de cruz, con los símbolos comosgónicos de su etnia.

Alex tiene el firme propósito de conseguir una máquina de coser para mejorar los cubrebocas que elabora y ofrecer un producto de mayor calidad a sus clientes.

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El Coronavirus es algo real, lo saben Alex y su esposa en las calles de Zacatecas y lo sabe su pueblo y familia que permanece en el Gran Nayar, para ellos esta enfermedad ya estaba aquí desde hace tiempo.

“Hacemos rituales a Dios, a la Tierra, al fuego y al Vecino Viento, sabemos que si sanamos a la tierra sanaremos nosotros, porque podemos salir de esto”, afirma convencido Alex.

Tal vez esa sea la respuesta a la pandemia y por ello no lo encuentran en los laboratorios: “sanar nuestro entorno para sanar nuestros cuerpos y dejar atrás la pandemia y todo lo que nos arrebató”.

Por las calles de cantera rosa de la capital zacatecana es común encontrarse a personas del grupo étnico de los wixárika o wixáricas, también conocidos como huicholes, ellos venden productos como pomadas de peyote (para abatir los dolores musculares o reumas) y sobre todo expenden sus artesanías con los colores y formas característicos de su cosmogonía.

Ellos se autodenominan wixárika (quiere decir la gente en lengua uto-azteca), ellos hablan una lengua del grupo corachol, cercanamente emparentada con el grupo nahua (aztecoide).

Y aún y cuando son originarios del estado de Nayarit, es común verlos en municipios y capital de Zacatecas.

El arte wixárika se ha convertido en un emblema de las calles de cantera y plata durante los festivales que anualmente se realizan.

Enfrentando la pandemia

Alex tiene 34 años, él y su esposa viven en Zacatecas desde hace cinco años, con dos de sus cuatro hijos. Esta pareja wixárika llegó de Santa Barbara, en el gran Nayar de Nayarit, trayendo consigo su cultura, su cosmovisión y sus tradiciones.

Este 2020 las cosas cambiaron radicalmente, ellos también fueron obligados a quedarse en casa. Al inicio (cuenta Alex) no pensaban que esta enfermedad llegara a las calles, las autoridades sólo les dijeron que no salieran, pero nadie les orientó, así que al inicio no creían que fuera algo real.

Luego de seis meses la necesidad económica los ha obligado a salir “pues si no ganamos dinero, no comemos y así si podríamos contagiarnos”, asegura Alejandro.

El turismo -su principal fuente de ingreso-, ha tardado en regresar, en los días en los que no había nadie en las calles, Alex tenía que salir y tocar casa por casa para ofrecer su arte y pomadas, solo así era capaz de llevar algo de dinero a su familia.

Adaptarse o morir

La fortaleza de los wixárikas se hace presente en cada momento y en tiempos pandémicos con mayor razón, sin doblegarse y sin renunciar a sus tradiciones ha sabido adaptarse y continuar con sus ventas, ahora incluyendo otras cosas.

Las autoridades locales les ofrecieron préstamos de cinco mil pesos, pero no todos los wixárikas cumplían los requisitos y quienes sí pudieron recibir el apoyo económico solo recibieron una parte, lo cual les ha servido para pagar el lugar donde se instalan diariamente en la vía pública que asciende a 41 pesos diarios.

Adquieren además el gel antibacterial, los cubrebocas y el jabón para seguir las medidas sanitarias.

Junto con los “ojos de Dios”, los mosaicos, las pulseras y las pomadas, ahora Alex y su familia venden cubrebocas bordados a mano, en punto de cruz, con los símbolos comosgónicos de su etnia.

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