/ jueves 21 de febrero de 2019

Amparo Dávila, la Allan Poe de Zacatecas

Secretaria de Alfonso Reyes, esposa del pintor Pedro Coronel, pero sobre todo una mujer... con un imaginario fantástico

Hay una mujer a quien la crítica la coloca al nivel de Edgar Allan Poe, de Franz Kafka, de Borges, de Juan José Arreola y Julio Cortázar. Pero ella es original, es honrada en su escritura, su imaginario es resultado de una existencia padecida, ella es Amparo Dávila.

Amparo Dávila nació el 21 de febrero de 1928 en Pinos, un pueblo minero del estado de Zacatecas, cuyo nombre con el que fue fundado da idea del ambiente que cubrió a Amparo: “Real de Nuestra Señora de la Purísima Concepción de Cuzco y Descubrimiento de Minas que llaman de la Sierra de Pinos”, que formaba una etapa importante del Camino Real de Tierra Adentro.

Amparo fue una niña rebelde y valiente que pasaba horas aislada en el campo.

En alguna ocasión Amparo describió a Vivian Avenushan así su infancia en Pinos:

Fui una niña muy enfermiza, padecía mucho de la garganta y siempre estaba con fiebre. Por eso no me dejaban salir, porque el clima del pueblo era muy frío, y me metían en una gran biblioteca que tenía mi padre, para que me distrajera. En esa biblioteca había una ventana que daba a la calle y como yo no tenía muchas cosas que hacer, me dedicaba a ver la vida que pasaba. Pero lo que pasaba era la muerte, porque en los pueblos de los alrededores no había cementerios y la gente iba a Pinos a enterrar a sus muertos.

Amparo tuvo una educación religiosa en San Luis Potosí, lugar a donde su familia se trasladó para atenderla a ella y a su hermano de una fuerte enfermedad. Sus primeras lecturas fueron fruto de la biblioteca de su padre, un hombre culto.

Sucede que también fui una niña un tanto abandonada, porque había muerto mi hermanito y mi madre estaba agobiada por la depresión y el insomnio y no se fijaba gran cosa en lo que yo hacía ni se ocupó de inculcarme alguna religión. Por eso, cuando llegué a la escuela de monjas, lo único que sabía era que había demonios espantosos y círculos helados y gente condenada que no podía salir de esos círculos. Las monjas quedaron horrorizadas con mis conocimientos metafísicos y empezaron a enseñarme que había un dios de bondad y amor que se había crucificado por todos los humanos, que me amaba, que no quería hacerme daño como los demonios. Ése fue un gran descubrimiento que me conmovió y me alivió de la angustia espantosa que sufría. En ese momento —tenía seis años— empecé a escribir pequeños poemas místicos. En ellos veía al Padre Eterno y a Jesucristo como jardineros, regando las plantitas para que crecieran y dieran frutos. Ese es mi verdadero inicio en la literatura.

Es en 1950 cuando viaja a la Ciudad de México a estudiar y conoció a Alfonso Reyes, quien la convirtió en su secretaria.

Al respecto, la propia Amparo ha contado la siguiente anécdota una y otra vez: “Vi en una banquita que estaba sentado don Alfonso. Fui y lo saludé. Empezamos a platicar, y como en las plazas de los pueblos, había unos crespones que ondulaban en la tarde con el viento, se doraban con la luz del sol, y yo me quedé extasiada viendo eso. Él me dijo: niña, a dónde te fuiste. Porque vio que estaba en otro mundo. Le dije: fíjese que eso me recordó a la zorra de Saint Exupéry. Ay, no me digas –contestó, es un libro que yo adoro, y me colmó de atenciones”. Ahí comenzó una venturosa relación de amistad y trabajo.

En 1950 Amparo publicó Salmos bajo la luna (1950), al que siguieron Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades (1954).

Tiempo destrozado apareció en 1959; Música concreta (1964) y Árboles petrificados, con el que gana el premio Xavier Villaurrutia en 1977.

El mundo de Amparo Dávila es siempre uno, y lo maravilloso es que ese sólo su mundo es polifacético, diverso.

Perteneciente a lo que algunos han llamado Generación de medio siglo, Dávila es una de las pocas cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad sin entregarse a la fantasía, motivo por el que resultaría impreciso categorizar su obra como literatura fantástica, que impresionó al mismo Cortázar, con el que le unió una gran amistad.

Amparo Dávila contrajo matrimonio con el pintor zacatecano Pedro Coronel en 1958, con quien procreó dos hijas.

Bibliografía

Salmos bajo la luna (1950)

Meditaciones a la orilla del sueño

Perfil de soledades (1954)

Tiempo destrozado (1959)

Música concreta (1964)

Árboles petrificados (1977)

Muerte en el bosque (1985)

Hay una mujer a quien la crítica la coloca al nivel de Edgar Allan Poe, de Franz Kafka, de Borges, de Juan José Arreola y Julio Cortázar. Pero ella es original, es honrada en su escritura, su imaginario es resultado de una existencia padecida, ella es Amparo Dávila.

Amparo Dávila nació el 21 de febrero de 1928 en Pinos, un pueblo minero del estado de Zacatecas, cuyo nombre con el que fue fundado da idea del ambiente que cubrió a Amparo: “Real de Nuestra Señora de la Purísima Concepción de Cuzco y Descubrimiento de Minas que llaman de la Sierra de Pinos”, que formaba una etapa importante del Camino Real de Tierra Adentro.

Amparo fue una niña rebelde y valiente que pasaba horas aislada en el campo.

En alguna ocasión Amparo describió a Vivian Avenushan así su infancia en Pinos:

Fui una niña muy enfermiza, padecía mucho de la garganta y siempre estaba con fiebre. Por eso no me dejaban salir, porque el clima del pueblo era muy frío, y me metían en una gran biblioteca que tenía mi padre, para que me distrajera. En esa biblioteca había una ventana que daba a la calle y como yo no tenía muchas cosas que hacer, me dedicaba a ver la vida que pasaba. Pero lo que pasaba era la muerte, porque en los pueblos de los alrededores no había cementerios y la gente iba a Pinos a enterrar a sus muertos.

Amparo tuvo una educación religiosa en San Luis Potosí, lugar a donde su familia se trasladó para atenderla a ella y a su hermano de una fuerte enfermedad. Sus primeras lecturas fueron fruto de la biblioteca de su padre, un hombre culto.

Sucede que también fui una niña un tanto abandonada, porque había muerto mi hermanito y mi madre estaba agobiada por la depresión y el insomnio y no se fijaba gran cosa en lo que yo hacía ni se ocupó de inculcarme alguna religión. Por eso, cuando llegué a la escuela de monjas, lo único que sabía era que había demonios espantosos y círculos helados y gente condenada que no podía salir de esos círculos. Las monjas quedaron horrorizadas con mis conocimientos metafísicos y empezaron a enseñarme que había un dios de bondad y amor que se había crucificado por todos los humanos, que me amaba, que no quería hacerme daño como los demonios. Ése fue un gran descubrimiento que me conmovió y me alivió de la angustia espantosa que sufría. En ese momento —tenía seis años— empecé a escribir pequeños poemas místicos. En ellos veía al Padre Eterno y a Jesucristo como jardineros, regando las plantitas para que crecieran y dieran frutos. Ese es mi verdadero inicio en la literatura.

Es en 1950 cuando viaja a la Ciudad de México a estudiar y conoció a Alfonso Reyes, quien la convirtió en su secretaria.

Al respecto, la propia Amparo ha contado la siguiente anécdota una y otra vez: “Vi en una banquita que estaba sentado don Alfonso. Fui y lo saludé. Empezamos a platicar, y como en las plazas de los pueblos, había unos crespones que ondulaban en la tarde con el viento, se doraban con la luz del sol, y yo me quedé extasiada viendo eso. Él me dijo: niña, a dónde te fuiste. Porque vio que estaba en otro mundo. Le dije: fíjese que eso me recordó a la zorra de Saint Exupéry. Ay, no me digas –contestó, es un libro que yo adoro, y me colmó de atenciones”. Ahí comenzó una venturosa relación de amistad y trabajo.

En 1950 Amparo publicó Salmos bajo la luna (1950), al que siguieron Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades (1954).

Tiempo destrozado apareció en 1959; Música concreta (1964) y Árboles petrificados, con el que gana el premio Xavier Villaurrutia en 1977.

El mundo de Amparo Dávila es siempre uno, y lo maravilloso es que ese sólo su mundo es polifacético, diverso.

Perteneciente a lo que algunos han llamado Generación de medio siglo, Dávila es una de las pocas cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad sin entregarse a la fantasía, motivo por el que resultaría impreciso categorizar su obra como literatura fantástica, que impresionó al mismo Cortázar, con el que le unió una gran amistad.

Amparo Dávila contrajo matrimonio con el pintor zacatecano Pedro Coronel en 1958, con quien procreó dos hijas.

Bibliografía

Salmos bajo la luna (1950)

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Perfil de soledades (1954)

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