/ martes 26 de enero de 2021

Matilde Montoya, la primera doctora de México

A 83 años de su fallecimiento recordemos su valentía y determinación

Matilde Petra Montoya Lafragua nació en Ciudad de México en 1859 y desde muy pequeña se tuvo que enfrentar a los prejuicios y obstáculos impuestos por una sociedad machista en el siglo diecinueve.

Su vida e historia se ha contado de generación en generación como un ejemplo para desafiar obstáculos y luchar contra los prejuicios sociales.

El estudio siempre fue uno de sus grandes gustos, aprendió a leer a los cuatro años y para los doce estaba lista para continuar con educación superior, intentó presentar su examen como profesora de enseñanza elemental, lo que le fue negado, debido a que era muy pequeña para incursionar en dicho ámbito.

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Un par de años después, cuando tenía catorce años, logró aprobar el examen como partera en Cuernavaca, Morelos, y estudió durante un año la materia en la Nacional de Medicina, aunque tuvo que abandonar sus estudios por el fallecimiento de su padre y por la falta del apoyo económico para continuar con su carrera.

Durante su estancia en la Nacional de Medicina, la mayoría de sus compañeros se quejaban de que una mujer estudiara con ellos e incluso pedían que no entrara a las clases, especialmente en las disecciones, porque consideraban que la joven alumna "no tenía pudor en ver un cadáver desnudo".

Para los diecisiete años deseaba convertirse en doctora para ayudar a las personas, pero en esa época a las mujeres no se les permitía estudiar medicina, sólo obstetricia.

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Debido a que en la época se creía que las mujeres sólo pertenecían al hogar y al cuidado de los hijos, su paso por la institución educativa causó un gran escándalo, sin embargo, la Ley de Instrucción Pública de 1867 ni la Constitución prohibían que Montoya cursara sus clases.

Ante las negativas de las autoridades, Montoya cedió un poco y se convirtió en partera. Aunque estudió en la Ciudad de México, la mayor parte de su trabajo lo realizó en Puebla. Ayudaba a escondidas a mujeres solteras que se habían embarazado y daba servicios gratuitos a las personas de bajos recursos. Trabajó como aprendiz de los doctores Luis Muñoz y Manuel Soriano en el área de cirugía, lo que molestó a colegas.

Sin importar sus amplios conocimientos y el reconocimiento que había obtenido, en 1875 fue objeto de las difamaciones y envidias por parte de los médicos de Puebla, se encargaron de que el resto la llamarla mandona y quejosa, pero no la desalentaron.

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Su madre, Soledad Lafruaga, vio que su hija aún tenía el deseo de convertirse en doctora. Ella tampoco creía que las mujeres no pudieran dedicarse a lo que desearan sólo por su género, así que la motivó a que intentara aplicar de nuevo para estudiar y convertirse en doctora.

Montoya Lafragua se matriculó en Puebla en la Escuela de Medicina y Farmacia, pero para obtener su título necesitaba de la aprobación del gobernador y una orden del entonces presidente Porfirio Díaz, por lo que obtuvo ambas.

En 1882 por fin fue aceptada, aunque en contra de las opiniones de la comunidad estudiantil que era totalmente masculina. Hubo personas, académicos y políticos que la apoyaron y fueron llamados “Los Montoyos”.

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Desde el inicio mostró un gran desempeño académico, pero los profesores y compañeros le comenzaron a poner trabas. Una de ellas fue que la institución no validó que hubiera terminado con algunas materias de la educación preparatoria, por lo que a la par de estudiar medicina, tenía que ir al Colegio de San Ildefonso a recursarlas.

En 1887 terminó la carrera, pero las autoridades le dijeron que no podía graduarse. No le dieron razones claras, pero ella lo sabía: no querían que se convirtiera en doctora por ser mujer.

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Montoya no se detuvo. Ella y su mamá lucharon hasta conseguir comunicarse con el entonces presidente Porfirio Díaz, quien las apoyó, ese mismo año recibió su título de la Facultad de Medicina, de las manos del mismo.

Aún con obstáculos en su vida profesional, la lucha y la incansable búsqueda de conocimiento y oportunidades por parte de Matilde Petra Montoya Lafragua sirvió como precedente para que muchas mujeres emprendieran sus estudios, no sólo en la medicina, sino en otras áreas que hasta ese momento estaban dominadas por los hombres. Ella se dedicó por completo a la profesión por la tanto luchó.

Matilde Petra Montoya Lafragua nació en Ciudad de México en 1859 y desde muy pequeña se tuvo que enfrentar a los prejuicios y obstáculos impuestos por una sociedad machista en el siglo diecinueve.

Su vida e historia se ha contado de generación en generación como un ejemplo para desafiar obstáculos y luchar contra los prejuicios sociales.

El estudio siempre fue uno de sus grandes gustos, aprendió a leer a los cuatro años y para los doce estaba lista para continuar con educación superior, intentó presentar su examen como profesora de enseñanza elemental, lo que le fue negado, debido a que era muy pequeña para incursionar en dicho ámbito.

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Un par de años después, cuando tenía catorce años, logró aprobar el examen como partera en Cuernavaca, Morelos, y estudió durante un año la materia en la Nacional de Medicina, aunque tuvo que abandonar sus estudios por el fallecimiento de su padre y por la falta del apoyo económico para continuar con su carrera.

Durante su estancia en la Nacional de Medicina, la mayoría de sus compañeros se quejaban de que una mujer estudiara con ellos e incluso pedían que no entrara a las clases, especialmente en las disecciones, porque consideraban que la joven alumna "no tenía pudor en ver un cadáver desnudo".

Para los diecisiete años deseaba convertirse en doctora para ayudar a las personas, pero en esa época a las mujeres no se les permitía estudiar medicina, sólo obstetricia.

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Debido a que en la época se creía que las mujeres sólo pertenecían al hogar y al cuidado de los hijos, su paso por la institución educativa causó un gran escándalo, sin embargo, la Ley de Instrucción Pública de 1867 ni la Constitución prohibían que Montoya cursara sus clases.

Ante las negativas de las autoridades, Montoya cedió un poco y se convirtió en partera. Aunque estudió en la Ciudad de México, la mayor parte de su trabajo lo realizó en Puebla. Ayudaba a escondidas a mujeres solteras que se habían embarazado y daba servicios gratuitos a las personas de bajos recursos. Trabajó como aprendiz de los doctores Luis Muñoz y Manuel Soriano en el área de cirugía, lo que molestó a colegas.

Sin importar sus amplios conocimientos y el reconocimiento que había obtenido, en 1875 fue objeto de las difamaciones y envidias por parte de los médicos de Puebla, se encargaron de que el resto la llamarla mandona y quejosa, pero no la desalentaron.

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Su madre, Soledad Lafruaga, vio que su hija aún tenía el deseo de convertirse en doctora. Ella tampoco creía que las mujeres no pudieran dedicarse a lo que desearan sólo por su género, así que la motivó a que intentara aplicar de nuevo para estudiar y convertirse en doctora.

Montoya Lafragua se matriculó en Puebla en la Escuela de Medicina y Farmacia, pero para obtener su título necesitaba de la aprobación del gobernador y una orden del entonces presidente Porfirio Díaz, por lo que obtuvo ambas.

En 1882 por fin fue aceptada, aunque en contra de las opiniones de la comunidad estudiantil que era totalmente masculina. Hubo personas, académicos y políticos que la apoyaron y fueron llamados “Los Montoyos”.

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Desde el inicio mostró un gran desempeño académico, pero los profesores y compañeros le comenzaron a poner trabas. Una de ellas fue que la institución no validó que hubiera terminado con algunas materias de la educación preparatoria, por lo que a la par de estudiar medicina, tenía que ir al Colegio de San Ildefonso a recursarlas.

En 1887 terminó la carrera, pero las autoridades le dijeron que no podía graduarse. No le dieron razones claras, pero ella lo sabía: no querían que se convirtiera en doctora por ser mujer.

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Montoya no se detuvo. Ella y su mamá lucharon hasta conseguir comunicarse con el entonces presidente Porfirio Díaz, quien las apoyó, ese mismo año recibió su título de la Facultad de Medicina, de las manos del mismo.

Aún con obstáculos en su vida profesional, la lucha y la incansable búsqueda de conocimiento y oportunidades por parte de Matilde Petra Montoya Lafragua sirvió como precedente para que muchas mujeres emprendieran sus estudios, no sólo en la medicina, sino en otras áreas que hasta ese momento estaban dominadas por los hombres. Ella se dedicó por completo a la profesión por la tanto luchó.

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